1º de enero de 2020 ¿Y ahora qué?

Es más que probable que yo resulte un pesimista

Esta mañana me sentía tan confortable en la cama que no había razón alguna para salir al nuevo mundo en este año 2020 recién estrenado. Apenas había nada interesante por descubrir bajo el mismo cielo de ayer que me obligara a perder el tiempo en vestirme para luego bajar a la calle y comprobar, no sin cierta pesadumbre, que todo continúa exactamente igual que cuando vivíamos en aquel año pasado próximo que, por decirlo de alguna manera, ha dado ya la vuelta el mundo paseándose de reloj en reloj hasta el último segundo y bajo cuyas manecillas millones de personas, ebrias de renovadas esperanzas en los lugares más remotos del orbe, celebraban el advenimiento del Año Nuevo presas de una inexplicable emoción que sólo se comprende cuando se es tan joven como para caer en la tentación de embriagarse de elixires, alcoholes, perfumes, amores, etc., tratando inútilmente de engañar al destino anunciado que a todos y cada uno de nosotros nos espera y que cada año, con renovadas ilusiones, tratamos de esquivar de la mejor manera posible para estar seguros de que hemos hecho todo lo que está de nuestra mano como para que la suerte nos sonría a partir del primer segundo anunciado oficialmente del 2020.

Es más que probable que yo resulte un pesimista a los ojos de los hombres y mujeres de buena voluntad que continúan aspirando a un mundo mejor cuyos resultados están aún por llegar, pero mientras eso ocurre, me arrogo el derecho de dudar de la eficacia de los responsables políticos en cuyas manos se encuentra la razón de mi exacerbado pesimismo respecto a la recuperación, por ejemplo, del medio ambiente, el cese de los incendios forestales en distintas partes del mundo, la solución al hambre en tantos países africanos y asiáticos, el fin de las guerras fratricidas y tantos otros compromisos aún pendientes de solución como para no sentirnos cómplices, -indirectos por lo que a mí respecta-, de aquellos otros bajo cuyos oscuros intereses, deciden el siniestro futuro que nos espera a todos aquellos que, como yo mismo, decidimos cada año congregamos ilusionados bajo cualquier torre de cualquier pueblo que nos ofrezca un reloj para, humildemente, solicitar de ese ente abstracto que se supone es el destino, un mundo mejor para todos aquellos que aún seguimos confiando en la justicia social.

De manera que cuando se apaguen los ecos todavía audibles de tanta celebración, bajaré inútilmente a la calle y seré el mismo de siempre: aquel señor de pocas palabras que cada día pasea con su inseparable perro y con el periódico y un libro bajo el brazo; taciturno y siempre desencantado de los tiempos paralelos que corren a su lado desde que tuvo uso de razón, algo después de 1946. Una persona que como todos los de mi generación ha vivido dos distintos años capicúas: el primero en el año el de 1991 y el segundo el de 2002. He calculado que los recién nacidos hoy, cuando alcancen los 92 años de edad, sólo habrán podido vivir uno: el de 2112. En cualquier caso les deseo a todos ellos que puedan gozar de un mundo mucho mejor.

zoilolobo@gmail.com

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