Al pan, pan y al vino, vino

Con demasiada frecuencia tenemos que oír de boca de muchos políticos de turno esa manida frase hecha al final de su discursos con la que sentencian algunos argumentos propios y que dice así: “….como no podría ser de otra manera”

En general, las cosas no pueden ser de otra manera porque, al parecer, no se dan las circunstancias idóneas para que no lo sean y, por lo tanto, lo deseable sería esa solución única y última argumentada. Lo que ocurre es que esa última solución argumentada es, en realidad, una falacia porque no es producto simplemente del azar sino consecuencia, en mi modesta opinión, de la manipulación a placer de las circunstancias para que éstas concurran en favor y conveniencia de los astutos políticos en general.

De tal manera que cuando oigo la frase de forma tan contundente y tajante, siempre tengo la tendencia a sospechar por defecto que tras de ella se esconde algún subterfugio que tiene que ver invariablemente con la solución de la que presume el orador y, en consecuencia, con la hábil manipulación de las circunstancias a que me refiero y que rodean y concurren en el discurso de los acontecimientos.

La habilidad intrínseca de un político en el desempeño de sus funciones consiste precisamente, entre otras muchas cosas, en eso; en manipular, sobre todo, las circunstancias que concurren en torno a una decisión por tomar para que esta resulte de lo más convincente posible, es decir, como no podría ser de otra manera. Y como no puede ser de otra manera, los políticos que representan a la derecha de este país se prestan solos para condicionar siempre las circunstancias que concurren en cualquier acontecimiento para acomodarlas a su favor; y la prueba de ello la tenemos en el intento, espero que frustrado, de alterar la horma de la educación pública, valiéndose de un calzador tan doloroso como es el ya impopular y discutido pin parental con el que pretenden llamar la atención de los padres sobre, según ellos, la incorrecta pedagogía aplicada en los colegios a sus hijos.

Con los políticos en general, deberíamos ser mucho más perspicaces que de ordinario porque de lo contrario es muy probable que vuelvan a acuñar una frase tan contundente como la que hemos venido oyendo hasta ahora y perdamos un tiempo precioso en tratar de asimilar las intenciones partidistas que se esconden detrás de ella. Así que no nos dejemos engañar por un discurso tan altisonante y llamemos a las cosas por su verdadero nombre: al pan, pan y al vino, vino.

zoilolobo@gmail.com

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