Arma letal

Y teníamos miedo a un invierno nuclear.

No es mi intención crear ningún estado de alarma en estas páginas, pero me cuesta mucho creer que una civilización tan avanzada como de la que hoy en día presumimos, se haya visto inesperadamente desarmada frente a un virus desconocido como es el Covid-19, no mucho más invisible que otros.

Durante este largo confinamiento obligatorio hemos tenido tiempo de preguntarnos si es realmente cierto que hayamos ido y venido de la luna las veces que haya hecho falta sin ni siquiera haber sido de manera indispensable o fundamental para nuestros intereses como terrícolas, si el gran avance que han supuesto los circuitos impresos en favor de una tecnología puntera ha servido para algo tan poco imprescindible que no fuera mantenernos a una distancia prudencial de las amistades no aceptadas, etc., ¿ Y total para qué? ¿Para no haber podido siquiera, a pesar de lo avanzado de nuestra civilización, habernos anticipado al enorme peligro para la especie humana que entraña, y esto es lo que me parece más extraño, un virus todavía desconocido para los responsables del mundo científico del que nos creíamos tan a la vanguardia al respecto? De lo que sí disponemos y en mala hora, es de demasiado tiempo de confinamiento para poder especular a nuestro antojo sobre la cantidad de posibilidades que se han tenido que dar para que en la actualidad nos encontremos enfrentados a uno de los problemas más acuciantes desde, según dicen, la segunda guerra mundial.

La llamada guerra bacteriológica se nos revela ahora como una realidad palpable con la que ya las grandes potencias han venido barajando como arma letal indispensable para conseguir diezmar a la población enemiga en caso de un conflicto bélico que no tendría por qué ser necesariamente armado a la antigua usanza para vencer con éxito al enemigo.

Se nos ha presentado la oportunidad única de comprobar in situ la hecatombe de carácter sanitario, administrativo, científico, económico, etc., que representa un arma arrojadiza de tales características en posesión de una potencia que esté dispuesta a apoderarse del mundo en que vivimos; y no sería nada de extrañar que un ensayo en un laboratorio, naturalmente clandestino, haya sido el culpable del protagonismo que ha alcanzado con su fuga el letal Covid-19.

Yo soy el primero que me niego a aceptar esa supuesta realidad de guerra bacteriológica en ciernes, pero estoy seguro de que las grandes potencias habrán tomado buena nota de que invertir un enorme presupuesto en estar preparados para una guerra nuclear ya no sirve de nada frente a un enemigo tan letal, silencioso e invisible y seguramente barato como es el coronavirus, contra el que se sigue buscando la manera de acabar con él en el interior de los bien iluminados laboratorios científicos repartidos por todo el mundo.

De manera que, hasta que esa desdichada curva que representa a los afectados y de la que tanto hablan estos días las autoridades sanitarias no comience su descenso, me siento obligado a obedecer al instinto que se desprende ante tanto temor al contagio casi mortal entre la gente de mi edad.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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