Atocha 1977

La Transición hacia la democracia actual no fue un camino de rosas

Una mañana cualquiera del año 1977, un comando ultraderechista irrumpió por sorpresa y armados hasta los dientes en el bufete de abogados laboralistas, sito en la calle Atocha de Madrid y, prácticamente, a quemarropa, asesinaron vilmente a cinco de ellos, dejando en grave estado a otros cuatro de los nueve que en total eran. Mejor suerte correría Manuela Carmena, quién se ausentaría ese día para ceder a un compañero su despacho para la reunión que tendría lugar allí. Yo contaba entonces treinta y un años y nunca podré olvidar la conmoción que me produjo un atentado de tamaña cobardía en plena transición política y el miedo que se instaló entonces entre las filas de militantes de los partidos de izquierda (El PCE continuaba siendo ilegal).

Sin embargo, un mes más tarde serían detenidos por la policía los componentes del comando, entre quienes se encontraban Fernando Lerdo de Tejada, José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá, Francisco Abadalejo y Simón Ramón Fernández Palacios.  El primero lograría salir de España antes del comienzo del juicio y hasta hoy se desconoce su paradero, pero Carlos García Juliá, después de solicitar en 1994 una autorización judicial y serle inexplicablemente concedida para trabajar fuera de España, también se daría a la fuga. Sobre él y José Fernández Cerrá, pesaba una condena para cada uno de ellos de 193 años de prisión, mientras que para Francisco Abadalejo la condena impuesta fue de 73 años. Simón Ramón Fernández Palacios y Francisco Albadalejo morirían en la cárcel; el primero en 1979  y el segundo en 1985.

Carlos García Juliá, tras veinte años en busca y captura ha sido finalmente detenido y extraditado por el Gobierno de Brasil y ya de nuevo encarcelado en España para cumplir el resto de condena que aún tiene pendiente de cumplir por aquellos luctuosos hechos ocurridos en el año 1977.

De manera que la llamada con mayúsculas Transición hacia la democracia actual no fue un camino de rosas tal y como hoy nos quiere hacer creer la extrema derecha española. El miedo se volvió a instalar en el seno de la sociedad civil española y otras distintas acciones terroristas, aunque de menor calado, se llevaron también a cabo durante ese periodo de tiempo. Acciones violentas que tuvieron en vilo no sólo a las autoridades policiales de la época sino, además, a un amplísimo sector de la población española que también soñaba con una nueva república. De nuevo tuvimos que asistir a esa cerrazón de quienes se creían estar en posesión de una verdad inviolable que ya no les correspondía, a pesar de la muerte del dictador de quién creyeron entender que aquella frase pronunciada el 30 de diciembre de 1969 en la que advertía de que “todo ha quedado atado y bien atado”, habría que llevarla hasta sus últimas consecuencias y, si fuera preciso, hasta con las armas.

A muchos no les cabe duda de que la figura del Rey tuvo que ser aceptada en aquel momento como mal menor a la instauración de una democracia. Figura sin la cual no se hubiera alcanzado la paz pasajera que seguramente constituía una imperiosa necesidad en el instante crucial en el que empezaba la historia política y moderna de nuestro país.

La gran ignominia sufrida por el pueblo español durante los primeros años de la transición se empieza a corregir muy lentamente, pero con firmeza. Después de la exhumación de Franco, los probables beneficios que se le han de retirar a Billy “El Niño”, el encarcelamiento del exinspector Villarejo y, por último, el retorno a prisión del ultra Carlos García Juliá, alivia algo la necesidad última que contempla la aplicación definitiva de la Ley de la Memoria Histórica.

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