Cayetana Álvarez de Toledo

Cayetana Álvarez de Toledo. / Foto de Twitter @cayetanaAT

El discurso del odio que promueve Cayetana Álvarez de Toledo y con el que cree mantener viva la llama de la esperanza con la que su partido, el PP, aspira a llegar a gobernar de nuevo, ha conseguido encender los ánimos de los muchos familiares de las numerosas víctimas del terrorismo de ETA, quienes han mostrado su indignación por el empleo de unos desafortunados ejemplos totalmente alejados de lo que hoy significa el alcance en España de una democracia nacida del espíritu de la Constitución de 1978 que no necesita ser comparada con el apogeo de los atentados etarras durante la interminable dictadura franquista y donde las armas de fuego constituían la malograda vía de diálogo posible en favor de la independencia entonces del País Vasco.

No cabe la menor duda de que la clase social de la que ha venido presumiendo a lo largo de su azarosa vida la señora Cayetana, se encuentra en las antípodas de la de la mayoría de españoles que han coincidido en el tiempo del esplendor vivido por la portavoz del PP y cuya defensa de aquellos rancios valores, todavía franquistas, la colocan en una situación crítica desde el punto de vista político, aproximándola de manera suicida a esa extrema derecha que muchos hoy rechazan de plano por sus claras connotaciones xenófobas en sus planteamientos.

De modo que, flaca, fané y descangallada, -como en el tango-, la hemos visto de nuevo aparecer ante los medios de comunicación con una clara concepción en su discurso de lo que para ella debería consistir un gobierno firme y que, según su propio criterio, no se vendiera al mejor postor con el único fin de alcanzar una legislatura que, lejos de parecer estable, se apoya solamente en dos frágiles patas de muy dudosa reputación democrática como puedan ser Unidas Podemos y Esquerra Republicana.

Aunque en este sentido todavía no haya nada decidido todavía, no cabe duda de que lo que Cayetana espera es, desde el punto de vista estratégico, que Esquerra Republicana le ponga a Sánchez las cosas tan difíciles que le obligue necesariamente a convocar unas terceras elecciones que pudieran serles muy favorables a los intereses de PP y de paso al suyo propio a nivel particular e individual.

Cuando se aprobó la nueva Constitución de 1978, Cayetana sólo contaba unos cuatro años. Una edad muy temprana para poder asimilar con esa edad la carga emotiva que significaba el comienzo de una democracia de tal magnitud que incluso, a pesar de ciertas dificultades, el partido comunista con La Pasionaria y Carrillo al frente pudieron disfrutar de sentirse miembros del Parlamento español entonces.

De modo que seguir manteniendo a contrapelo unos valores democráticos tan alejados de la realidad que supone el espíritu de la Constitución, es como seguir medrando en el ánimo conciliador que se deriva de la creación de un nuevo gobierno al que se le supone la enorme responsabilidad que significa cumplir con los compromisos que el grueso de la clase trabajadora reclama para sí, sin menoscabo para los legítimos intereses del empresariado e inversores.

zoilolobo@gmail.com

 

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