Con perdón

Lo único que parece exigible en un malhechor es su sincero arrepentimiento

¡Qué valientes! Los asesinos vascos que mataban encapuchados y por la espalda.

Son muchos los que hoy, después de cometer una fechoría de la que han sido formalmente acusados, solicitan con frecuencia el perdón de los agraviados como si con ello saldaran una obligación moral consigo mismos. Casi se nos exige que les perdonemos por sus delitos y, a la vez, disponer de la oportunidad para nuestras conciencias de haber correspondido con un deber obligado como cristianos. No parece lícito, como en general se viene haciendo, apelar a nuestro perdón en exclusiva por el agravio cometido sino al arrepentimiento sincero del malhechor, del que nunca se oye decir nada.

La dignidad de cualquier criminal, si es que realmente la tiene, no pasa por pedir perdón porque, en realidad, esa capacidad de perdonar es lo único de lo que disponen y, en cualquier caso, se reservan y administran las víctimas, sino su voluntad de sincero arrepentimiento por el delito cometido, sea éste una falta menor o mucho más grave, con resultado incluso de muerte, como ha sido el caso, pongo como ejemplo, de Ana Julia Quezada.

De modo que también en ese universo político que gira en nuestro entorno nos encontramos con casos similares; no ya de arrepentimiento sino de exigencia en solicitar el perdón de los perjudicados ciudadanos por la manifiesta incapacidad gestora demostrada por los distintos partidos para formar gobierno, de tal forma que parte de ese electorado con el que a priori cuentan, se encuentra ya preparado para mostrar su descontento no asistiendo a su cita con las urnas y esta vez no perdonar, tal y como nos han venido teniendo acostumbrados hasta ahora desde 1936.

No somos nadie como para perdonar. Como si el perdón sólo fuera una fórmula de cortesía que no afectara en absoluto a nuestra psique, sobre todo cuando nuestros sentimientos más primarios se ven afectados por la codicia de unos, la avaricia de otros, la muerte violenta de amigos, las víctimas de las catástrofes no previstas, etc., etc.

Lo único que parece exigible en un malhechor es su sincero arrepentimiento. El patrimonio del perdón lo administramos nosotros mismos a nuestro antojo o en nuestro propio beneficio.

zoilolobo@gmail.com

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