Deportes de riesgo

Correr un riesgo premeditado contra la naturaleza no parece tener mayores dificultades

Muchos jóvenes y no tan jóvenes presumen hoy en día de su privilegiada premeditada disposición para enfrentarse a lo que ellos dan en llamar deportes de riesgo y que según la mayoría, sienten como se contraen los vasos sanguíneos por mor de la adrenalina cuando los practican. Se trata de un riesgo buscado a propósito y no sorprendido por él, que es muy diferente. No parece lo mismo que  cualquiera se dirija al encuentro de los avatares de la naturaleza como la corriente de un río, la sima de un valle, la cúspide de una montaña, etc., por poner sólo unos pocos ejemplos y que lo haga, además, en condiciones óptimas de enfrentarse a ellos que verse de pronto sorprendidos por una naturaleza desatada en forma de riada, de huracán en el mar, de aludes en la alta montaña o de un pavoroso incendio en medio de un intrincado bosque cuando ni siquiera lo hubieran previsto de antemano.

Correr un riesgo premeditado contra la naturaleza, pese a todo pasiva y atada, no parece tener mayores dificultades ni ser tan peligroso como a menudo se quiere hacer creer por cuanto la opción activa por parte del intruso consiste en retar a la propia naturaleza en su estado natural, con todos los pertrechos a su alcance y de los que dispone la mayoría para estos casos.

Otra cosa bien distinta sería salir airoso de una situación intempestiva que ponga en riesgo la vida de cualquiera al no encontrarse en ese momento preparado para tal contingencia. Imaginemos encontrarnos en verano acampados bajo las copas de un frondoso bosque y teniendo necesidad de salir urgentemente de él porque se ha declarado un pavoroso incendio que avanza a gran velocidad impulsado por el viento reinante y, además, en nuestra dirección y sin ninguna opción de defensa como no sea la experiencia previa o, en su defecto, la intuición propia que siempre asiste a cualquier superviviente. Lo mismo podría decirse de un huracán desatado de pronto en el mar, mientras a bordo de una frágil barquita has pasado las horas muertas intentando tranquilamente pescar y, para colmo, sin cobrar una pieza. Por último, estar sentado en la terraza, al aire libre, de un hotelito de montaña en Suiza y cuando alzas la cabeza para degustar un sorbo de vino caliente, comprobar cómo, en dirección a ti, se aproxima a gran velocidad un alud de nieve de inimaginables proporciones.

Y aunque no venga del todo al caso, yo nunca me he atrevido a participar del aforismo aquel que reza: “Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña”.

zoilolobo@gmail.com

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