Elogio del Carnaval

Tenemos encima el carnaval y estoy seguro de que, aunque sea sólo por unos días, la sociedad en todos sus ámbitos y grados, desde la alta y la que debiera ser sólo clase media, olvidará por unos días las penurias que se desprenden de un gobierno recién estrenado, para darse al desenfreno en todas sus manifestaciones, tratando, eso sí, de no conducir bajo los efectos del alcohol y otros estupefacientes y, desde luego, respetando los derechos de las mujeres tal y como éstas se merecen; sobre todo en unas fiestas donde por tradición el apetito carnal se desboca a raudales y en la que Baco siembra el caos y se desmadra con el beneplácito de las autoridades, de los políticos y de la propia Santa Madre Iglesia.

Todos recordaremos perfectamente aquel momento en que la dictadura del general Franco quiso acabar en España con esta fiesta tan popular y a arraigada a lo largo de siglos mediante su prohibición, pero sin que consiguiera del todo su propósito porque muchos, a espaldas de aquella ley establecida por el régimen, hacían caso omiso de ella para aventurarse con un disfraz, en ocasiones  improvisado, no sólo para manifestarse en la calle, al aire libre, sino también para tratar de que el Carnaval perviviera, a riesgo de ser detenidos por la policía. Por entonces se asistía, incluso, a fiestas clandestinas, donde el espíritu de aquel embrión tradicional se conservaría para siempre a la temperatura adecuada para no fenecer del todo. Como consecuencia de todo ello y del rechazo social que produjo su prohibición entonces y seguramente con la siempre connivencia de la Iglesia, en el año 1961 el carnaval fue rebautizado por el régimen bajo la eufemística denominación de Fiestas de Invierno, nombre que al parecer barnizaba algo más el carácter tan lúdico y pagano al que se sometían los herejes entre el bullicio de las alegres “mascaritas”, quienes palito, abanico, paraguas, etc., en mano, con un golpecito en el hombro, trataban de desentrañar las veleidades que se sabían de la vida privada de todos aquellos no disfrazados conocidos con los que se encontraban, quienes, a su vez, para defenderse de las acusaciones morales y cesaran en su empeño, increpaban a riesgo de no ser cierto: ¡Te conozco mascarita!  Con ello la “mascarita” se sentía descubierta y abandonaba de inmediato el abordaje del paisano, tratando así de curarse en salud para evitar las posibles represalias cuando el Carnaval hubiera ya terminado.

De manera y para regocijo de todos, con lo que ello implica de recuperación de la fiesta pagana por excelencia, con el advenimiento de la democracia, el Carnaval regresaría a su origen y entorno natural, desprendiéndose de aquel nombre postizo con el que fue proscrito por las autoridades y que todos seguiremos recordando por el ridículo apelativo de Fiestas de Invierno y con el que, a pesar de todo, la dictadura no conseguiría nunca acabar con aquel espíritu tan lúdico que imprimía carácter de desenfreno público al ciudadano antes de que la Semana Santa nos envolviera con su rigor cristiano teñido siempre de negro absoluto en contraposición a los alegres y vistosos colores del carnaval.

zoilolobo@gmail.com

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