England y Brexit

Inglaterra no es un país que despierte en mí un especial interés por conocerlo, sin embargo, por razones que no vienen ahora al caso, me he visto en la imperiosa necesidad de hablar su lengua en múltiples ocasiones; bien sea por conveniencia propia o porque mi interlocutor de turno en ese momento no hablara castellano. En cualquier caso, me basta sólo con estar al cabo de la magnífica obra literaria de Shakespeare casi en su totalidad, de las envidiables acuarelas de, entre otros, Turner, de la sugerente música de The Beatles, además de la audacia demostrada por algunos futbolistas de la Liga inglesa. Futbolistas que dejarían para siempre en mi espíritu deportivo una huella tan poco profunda como la que supone una bota de fútbol en el césped siempre verde de sus magníficos campos deportivos.

Quiero decir con ello que, con independencia de algunas ya mencionadas excepciones de carácter histórico, artístico o deportivo, no he mantenido nunca una buena sintonía con los súbditos del país anglosajón por excelencia. Es muy probable que también se deba a mi propio carácter de origen latino, pero, en cualquier caso, ello no sería óbice como para evitar, tal como sostengo, su amistad, de cuya personalidad se desprende el menosprecio isleño que me ha parecido siempre advertir contra los continentales. Personalidad la suya que, por otro lado, parece estar siempre condicionada por esa espesa neblina londinense que les envuelve, difícil de atravesar con la nitidez que se precisa para hacer amigos de verdad. Ya sé que toda Inglaterra no es como Londres, pero son, precisamente, los propios londinenses los que parecen jactarse de esa singular circunstancia de la que se sienten tan distintos.

De manera que tampoco entiendo que podrán salir ganando los británicos con esa tan discutida decisión. ¿Quizás se deba a la única manera que tuviera Boris Johnson de llegar a ser primer ministro? Francamente, ni lo sé ni me importa. Como canario que soy, puede ocurrir que deba lamentarme por esta precipitada decisión tomada, aunque gestada desde hace cuatro años, que redunde de manera negativa en la particular economía de Canarias en relación al turismo y, sobre todo, a las exportaciones en general, lo que sería muy de lamentar, aunque desde el punto de vista emocional, no espero de los ingleses otra cosa que no sea su menosprecio por todo aquello que no pertenezca a las razones que dieron lugar al establecimiento de un colosal imperio del que todavía se sienten herederos y por cuyo motivo se permiten ciertas licencias administrativas que les coloca en una posición ventajosa respecto a otros muchos países, cosa que forja, como ya he afirmado antes, ese carácter cínicamente dominante con el que pretenden distinguirse del resto del mundo y del que yo, personalmente, me desmarco con desprecio.

Existen pruebas irrefutables de que no todos los ingleses y mucho menos algunos de los que he tenido el placer de conocer personalmente forman parte de esos muchos otros que he venido criticando tan duramente a lo largo de mi escrito. Es por ello que pido disculpas a todos aquellos que puedan haberse sentido aludidos con los argumentos esgrimidos en relación indirecta a la indignación que ha provocado en el resto de Europa el llamado Brexit.

God save the queen!

zoilolobo@gmail.com

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.