Navidad, dulce Navidad

Dedico este sencillo relato a mi querido y leal amigo Patxi

Hasta la llegada del intruso Santa Klaus sólo los niños españoles, aunque tampoco todos, mientras dormían tenían el enorme privilegio de ser visitados en silencio por sus majestades los Reyes Magos de Oriente durante la madrugada del seis de enero. Para un viaje tan largo, los camellos necesitarían agua y comida que les dispensábamos antes de irnos a dormir, sin olvidar -y nunca supe la razón- de dejar nuestros diminutos zapatitos a la vista de Melchor, Gaspar y Baltasar. Los mayores apenas recibían regalos como no fuera el regocijo de ver por la mañana a los pequeños envueltos de tanta felicidad, aunque para ello hubieran de haberse comportado bien durante todo el año.

Fue Papá Noel, quién recién llegado del norte se coló a hurtadillas en nuestras ancestrales tradiciones introduciendo con calzador en nuestros hogares de cartón piedra la costumbre del hoy ya popular abeto con guirnaldas de colores. Serían los más pudientes los primeros en adoptar esta nueva tradición nórdica que motivaba que los mayores tuvieran sus presentes en la misma proporción y manera en que los obtenían también los niños de la familia, propiciando además el puro placer por el consumo que mucho más tarde se extendería hasta las clases más humildes, coincidiendo con la celebración de los veinticinco años de paz promovida por el aparato de régimen franquista.

Las familias más tradicionales, como casi todas en aquellos tiempos, fueron siempre partidarias del simbolismo que representaba el Belén, tomando parte todos sus miembros en el montaje del mismo y donde los niños encarnaban el papel protagonista de su laboriosa ejecución. Algo más tarde, la industria se mantendría al acecho para incentivar la nueva costumbre de obtener réditos con la celebración del veinticinco de diciembre que arrojaba a los pies del ya adoptado abeto, regalitos primorosamente empaquetados para deleite de toda la familia, incluidos los abuelos. De manera que, para lucro de los comerciantes del sector navideño, ya disponíamos de dos distintas fechas para el consumo indiscriminado del placer, avalado en todo momento por el espíritu de fraternidad que flota en un ambiente tan festivo como es el de la Natividad.

Hoy conviven las dos tradiciones de dos distintas culturas que han llegado a confraternizar de tal modo que a nadie se le ocurre ya, como otrora se diera el caso, preguntar de cuál de las dos se mantiene partidario. Sin embargo, aún son muchos los que, por desgracia, se ven aún obligados a dormir al raso y sin nada que llevarse a la boca pese al derroche de abundancia que provoca unas fechas tan señaladas en los países occidentales y que se suponen los más ricos y civilizados del planeta.

No me gustaría acabar este compromiso literario sin hacer mención de un aparente insignificante detalle que nunca advertí en un Belén. Y es la descarada ausencia de un perro en contrapartida con la profusión de tantos animales representados en su pequeña geografía de cartón: vacas, ovejas, gallinas, mulas, caballos, cabras, camellos, etc. En tal sentido, me gustaría dedicar este sencillo relato a mi querido y leal amigo Patxi, que hoy cumple ya quince años y que nunca se ha sentido ni siquiera ofendido por la ausencia que a lo largo de los años le han dispensado los belenistas, tanto aficionados como profesionales.

zoilolobo@gmail.com

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