No sabemos nada

En realidad, no sabemos nada de nada

Por no saber no sabemos nada; o por lo menos en profundidad. No sabemos, por ejemplo, que ha sido, después de tantos días de búsqueda, de Blanca Fernández Ochoa, ni los motivos ni consecuencias de su misteriosa desaparición. No sabemos hasta donde alcanza la imputación por un juez de la señora Esperanza Aguirre ni la de su sucesora Cristina Cifuentes, ni tampoco el alcance que pueda tener ni la repercusión de lo que se le acusa por la que están obligadas a asistir a declarar.

Tampoco sabemos nada del influjo negativo en materia económica que pudo arrastrar Rodrigo Rato mientras estuvo al frente de Bankia. Mucho menos sabemos hasta donde alcanza y a que profundidad la urdimbre de las redes de espionaje de todo tipo tejidas en su día por el estrafalario inspector Villarejo.

En realidad, no sabemos nada de nada y lo que es peor:  suponer que existe la férrea voluntad de que por el momento nada logre saberse hasta que, pasados los años, ya nadie recuerde, por haber prescrito, el delito por el que muchos fueron imputados y sólo, en algunos casos, condenados. Aún así, habrá que mantener las esperanzas puestas en los medios de comunicación independientes si lo que deseamos es saber hasta que punto hemos sido ignorados después de haber sufrido las consecuencias de las malas artes por parte de esa clase política que sólo acude a nosotros en vísperas de elecciones mientras los fiscales continúan a puerta cerrada devanándose los sesos intentando desentramar secretas conspiraciones y truculentas triquiñuelas para tratar de evitar no sólo ya la financiación continua e irregular de los partidos a los que representan sino, además, frenar el enriquecimiento ilícito a través de suculentas comisiones debidas a la gestión realizada que al cabo de cuatro años, como mínimo, puedan continuar engrosando el mayúsculo haber de sus espléndidas cuentas bancarias.

Y, por fin, de lo que tampoco sabemos nada es de cuantas factorías clandestinas se sospecha que tienen repartidas por Sevilla los propietarios de la manufactura de carne mechada para, una vez localizadas, tratar de dar carpetazo firme y definitivo al grave delito cometido y acabar, de una vez por todas, con la ya popular bacteria que provoca la listeriosis.  

Seguramente quedarán en el tintero muchas otras cosas que ignoramos en profundidad, pero los jueces, con toda seguridad, terminarán por poner a los codiciosos en manos de la justicia y, en consecuencia, acabarán purgando el delito en la cárcel, a tanta profundidad como la que supuso nuestra ignorancia durante el periodo de instrucción sobre sus fechorías.

zoilolobo@gmail.com

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