Nuevos fichajes

Los partidos políticos en general comienzan a incautarse de todo cuanto pueda suponer el partir con una generosa ventaja cara a las próximas elecciones generales. No tanto los de izquierda como aquellos otros tres con tendencias afines entre sí como son Partido Popular, Ciudadanos y Vox.

El caso de Vox resulta el más llamativo de todos por cuanto a optado por haber rescatado de la reserva nada menos que a cuatro generales de distintos cuerpos del ejército (Antonio Berdiño Carballo, Manuel Mestre Barea, Agustín Rosety Fernández de Castro además de un tercero aún por confirmar) para ofrecerles una segunda oportunidad de intentar la recuperación definitiva de una España de nuevo inmersa en lo que ellos llaman el caos y que se supone habrían de salvar los militares si se diera el supuesto caso. En mi juventud, durante el servicio militar obligatorio, les había observado atentamente, vistiendo todos ellos el traje de gala. Sables envainados, bandas, fajines, quincalla colgada del pecho en forma de cruces, medallas circulares con laureles encaramados en los bordes, atropellándose unas a otras mientras, pendiendo de una cinta sujeta a la pechera por un pasador, se balanceaban al paso marcial del ensayo del desfile, cara al sol y con la camisa nueva que tu bordaste en rojo ayer.

Medallas, cruces e insignias que a módicos precios y después de licenciado pude apreciar en el Rastro de Madrid, abandonadas todas ellas a su suerte sobre un polvoriento mostradorcito de carácter franquista detrás del cual se encontraba por lo general un obeso falangista o, en el mejor de los casos, un enjuto ex-legionario de pobladas patillas.

¿Acaso cree Vox que el ejército les pertenece en exclusiva?

De igual modo, también cuenta entre sus prietas filas con unos apellidos compuestos de gran raigambre y por tanto merecedor de ser, poco más o menos, que heredero de un grande de España, que se atribuye a sí mismo un protagonismo político situado en las antípodas de las tesis que pueda formular, por ejemplo, un partido como Podemos, a cuyos dirigentes ha tratado de denigrar en público tildándoles de sucios, mal vestidos y pelo excesivamente largo y, para colmo, con coletas. Me refiero a Iván Espinosa de los Monteros.

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Tanto en el PP como en Ciudadanos se inclinan sobre todo por la gran importancia que le conceden a la auténtica casta española. A esa de solemnes apellidos compuestos que tanto suenan en las grandes monterías y en los cotos de caza privados, donde las mejores escopetas nacionales se dan cita para cerrar negocios rentables o alcanzar ministerios por un cierto tiempo que les permita en el futuro franquear con éxito esas puertas giratorias por las que tan fácilmente se accede a los aburridos consejos de administración de grandes empresas como consecuencia de tanta información acumulada en el desempeño de sus anteriores funciones y por la que suelen cobrar unos suculentos estipendios jamás soñados hasta entonces.

Tal es el caso de la joven Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta Ramos, marquesa de Casa Fuerte, de la que media España coincide no sólo en destacar su extrema delgadez sino también su vasta cultura e inteligencia y que después de haber coqueteado con su voto a Ciudadanos, ha regresado de nuevo al seno del PP convencida de que ahora, con la presidencia de Casado, sí se dan las circunstancias políticas y emocionales para acudir con toda confianza como cabeza de lista por Barcelona.

Su frialdad resulta tan preocupante como su extrema delgadez y en ello basa su actual determinación de intentar palidecer la significación que conlleva el procés catalán, amparándose en el peligro que ello supone para la integridad de la España que Cayetana concibe como ideal y que, según su propio criterio, con mucho menos contundencia que el propio Torra ya intentó desestabilizar en su día Tejero con el asalto armado al Parlamento.

Por su parte, si exceptuamos la participación de Inés Arrimadas, también en las filas de Ciudadanos aparecen nuevos y rotundos apellidos compuestos como los de Fernando del Páramo y José María Espejo-Saavedra, quienes bien pudieran cubrir la cuota presencial que se supone cualquier partido de derechas ha de tener en su nómina con tal de hacerse legítimo acreedor de la confianza de sus votantes.

En definitiva, la casta castrense y la rancia aristocrática española han hecho de nuevo su inesperada aparición, mezclada entre los elementos más significativos que conforman el espectro político español del arco parlamentario, dispuestas ambas a diseñar de nuevo una pretérita forma de concebir el confort de unos pocos en detrimento del bienestar de la mayoría.

zoilolobo@gmail.com

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