Penicilina y alcanfor

Plaza de La Candelaria en Santa Cruz de Tenerife. Año 1940./ FEDAC.

En la década de los años cincuenta del pasado siglo XX, la penicilina no se encontraba fácilmente, de manera que había muchas dificultades para frenar determinadas enfermedades sobre todo infecciosas que afectaban a los niños de entonces. Este descubrimiento del inglés Fleming, no se comercializó hasta 1948, después de la segunda guerra mundial, donde sería utilizado con éxito entre las tropas británicas. Y como ahora bien se sabe, se trata de un tratamiento bacteriológico que salvó y continúa, a día de hoy, salvando muchas vidas. Sin embargo, como digo, yo hube de necesitar penicilina para paliar una enfermedad que se denominaba fiebre tifoidea y para la que entonces no existía vacuna que la combatiera, excepto la penicilina.

En los primeros años de aquella década de los cincuenta, la penicilina sólo se podía encontrar de estraperlo y para conseguirla había que pagar un precio muy alto por ella si algún padre como el mío anhelaba mantener con vida a su hijo. Por entonces mi progenitor trabajaba en el Bar Atlántico de Santa Cruz, muy próximo a los bajos fondos donde en torno al muelle se movían los populares “cambulloneros” en actividades no del todo legales. Conseguiría un par de unidades por las que, a la sazón, tuvo que pagar, según me enteré mucho más tarde, nada menos que la friolera cantidad de doscientas pesetas de las de antaño. Un precio excesivo para una economía tan precaria como la nuestra, pero gracias al cual, puedo contarlo hoy en día.

Pero volviendo a aquella década, con una sanidad tan rudimentaria, muchos niños pertenecientes a familias de las mismas características que la mía, tuvimos que soportar la mayoría de enfermedades que uno pudiera imaginarse, como, por ejemplo, amigdalitis, sarampión o rubeola, paperas, tosferina, ictericia (llamada entonces tiritcia), fiebre tifoidea, etc. Sin embargo, por suerte, muchos nos libramos de las que se suponía eran las dos peores: la meningitis y la poliomielitis.

Para entonces, las madres tan precavidas de todos los niños de la época, habían ideado la manera de proteger a sus hijos contra la posible actividad bacteriana ideando, por consejo sanitario, para cada uno de nosotros una especie de escapulario, que colgado del cuello permanentemente consistía en una pastilla de dos por dos centímetros y uno de espesor de lo que llamábamos alcanfor, forrada convenientemente de tela y atada a los extremos del collar de grueso hilo. Con aquella substancia cristalina y cerosa de fuerte y penetrante olor acre y de cierto poder analgésico forrada de tela y colgada del cuello permanentemente, los niños de la época nos creíamos del todo inmunes a cualquier enfermedad bacteriológica que pudiera desprenderse de nuestro contacto con las aguas verdosas de las charcas hasta donde nos acercábamos a coger ranas, de nuestra presencia en los estercoleros del extrarradio donde asistíamos a encontrar utensilios para nuestros juegos bélicos, de las excursiones por el cauce del barranco de Santos que nos llevaba desde La Cuesta a Santa Cruz, etc.

Por esa sencilla razón y por todo lo que hemos pasado los miembros de mi generación por precariedad sanitaria, es por lo que esperamos que el Covid-19 sólo sea con el tiempo una desgraciada anécdota para contar y que, sin embargo, nos tocó padecer en una época donde, lamentablemente, la tecnología y la ciencia no han estado a la altura de las circunstancias que se esperaban de ellas.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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