“Por si acaso yo no vuelvo me despido a la llanera”

Todavía no sé si será el caso de Maduro cuando decida abandonar la fraudulenta presidencia de Venezuela en favor del joven presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, quien el pasado miércoles se juramentó a su vez como presidente de la nación.

De momento sólo hablamos de juramentarse y no de autoproclamarse Presidente de Venezuela. Este pequeño matiz le excluye de ser sospechoso de un golpe de estado, habida cuenta de lo que contempla la Constitución venezolana en tal sentido y que formalmente, -sobre todo después de que los fraudulentos comicios en las últimas elecciones hubieran dado el resultado en favor de Nicolás Maduro-, habilita al joven Juan Guaidó para ponerse al frente de un nuevo Gobierno.

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A los canarios en particular Venezuela nos duele mucho, máxime cuando por tradición seguimos creyendo, -con permiso de La Graciosa-, que la octava isla del archipiélago, dado el gran número de isleños allí residentes, se encuentra en Caracas.

Durante la guerra civil española fueron muchos los canarios que se aventuraron a la mar en frágiles embarcaciones de pesca impulsadas por los vientos alisios y que ayudadas por las corrientes marinas arribarían, después de una penosa y larga  travesía, a la fachada atlántica de Venezuela. Ello condujo, sin embargo, a profundos dramas familiares que dejarían una marcada huella en el seno de la población canaria a pesar del supuesto éxito que suponía para los emigrados poder enviar periódicamente a sus esposas pequeñas sumas de bolívares ganados con el esfuerzo de su trabajo en América. Pero la distancia era muy larga y aún mucho más las lloradas ausencias que fueron enfriando las delicadas relaciones familiares hasta el extremo punto del olvido. Unos volvieron ricos, con “ahiga” incluido, y otros quedarían allí para siempre, lejos de su mujer e hijos quienes, en vano, aguardaron con esperanzas renovadas el regreso del esposo y padre. Para que se tenga una idea, un bolívar de entonces suponía al cambio unas 12/13 pesetas españolas.

Este estrecho vínculo entre Canarias y Venezuela nos sirve hoy de consuelo para tratar de comprender de una vez por todas una dolorosa y trágica situación que afecta a tantos miles de venezolanos en una época tan distinta a aquella otra de boyante situación económica con la que se encontraron entonces aquellos primeros emigrantes canarios y que tanta fortuna les deparara en el futuro.

De manera que no se entiende que un país con tantos recursos naturales haya sido arrastrado de tal modo hasta una situación de tan extrema gravedad como la que padece hoy Venezuela a pesar de su rica agricultura, su poderosa ganadería y, sobre todo y quizá por culpa de ellos, a sus yacimientos de petróleo.

Por la cuenta que les trae, el Gobierno español, antes incluso que la Comunidad Económica Europea, debería plantearse hoy el apoyo sin condiciones al nuevo gobierno venezolano aunque con la prudencia necesaria en considerar las especulaciones llevadas a cabo por alianzas internacionales en favor de uno y otro candidato, teniendo además la precaución de que Nicolás Maduro cuenta en su favor con la lealtad interesada de la cúpula del ejercito mientras que Juan Guaidó sólo contaría, por decirlo de alguna manera, con los románticos ideales de la llamada clase de tropa.

zoilolobo@gmail.com

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