Tormentas imprevistas

Intervención de la UME en una de las últimas tormentas./Unidad Militar de Emergencias.

La gota fría se ha cebado también con Cataluña pero, a diferencia de otros lugares afectados con bastante más intensidad,  sí que, desgraciadamente, se ha cobrado una nueva víctima mortal. Un joven que gracias a la generosidad de un conocido disponía de un lugar para descansar en una habitación situada en un parking subterráneo particular que, imprevisiblemente, quedó anegado hasta el techo mientras la víctima dormía plácidamente al abrigo de la tormenta desatada en la zona.

Los caprichos del destino juegan a veces malas pasadas como la ocurrida a este joven al que un generoso amigo le facilitó un refugio aparentemente seguro mientras atravesaba una situación económica difícil de superar. ¿Ha sido quizá un caso de auténtica mala suerte atribuible a la excelsa generosidad de un compañero? ¡Claro que no! Y por eso, la causa-efecto ha debido ser mucho más dramática de lo que cabría esperar en estos casos en los que las fuerzas de la naturaleza empujadas por el rigor de un drástico cambio climático que ahora empezamos a admitir, nos azota duramente ya en todas las latitudes del planeta y que siempre acabamos simplemente imputando a los caprichos del destino.

La víctima no estuvo en ningún momento expuesta impunemente ni por voluntad propia a merced del torrente de agua desencadenado por la cantidad de litros por metro cuadrado caídos en una hora. Con la prudencia que en estos casos se aconseja y quizá por el desamparo económico de no poder habitar ningún sitio más confortable, se decidió por aquello por lo que cualquiera hubiera optado en sus precarias condiciones económicas: refugiarse en el único lugar del que disponía y en el que, seguramente, se sentía a salvo de la tormenta.

Y en eso consiste el drama de tal tragedia: en no haberse aventurado voluntariamente a un enfrentamiento suicida contra las fuerzas de la naturaleza y, sin embargo, encontrar la muerte en el lugar que había escogido para librarse, precisamente, de ella. Y lo peor es que no sólo haya que lamentar esa muerte única sino también el sentimiento de culpa que, seguramente, le invade a su generoso amigo por haberle proporcionado, sin medir las consecuencias, un lugar donde refugiarse de las oscuras noches de las que no se presagiaba  nada de lo que fatalmente acabaría ocurriendo.

¡Así es la vida! y…. ¡Así la cólera de la naturaleza!

zoilolobo@gmail.com

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