Vidas paralelas

Ficción política de Zoilo López

El joven entró decidido, atravesó el local y tomó asiento en un taburete, al otro extremo de la barra cuya estudiada iluminación no afectaba en absoluto a los clientes, pero sí al barman de pechera blanca almidonada que dirigiéndose a él con una leve inclinación de cabeza a la vez que esbozando una sonrisa le sugería el pedido.

– Una cerveza bien fría, por favor -decidió el joven casi sin mirarle-

– ¿Alguna en especial, señor? -preguntó el barman no sin cierta severidad en el rostro-

– Heineken, -contestó el muchacho con firmeza-

Antes de que regresara el barman con la cerveza, un hombre ya maduro, elegantemente vestido, terminó por tomar asiento en el taburete contiguo al que ocupaba el joven quien, a pesar de la penumbra que les envolvía, de soslayo pudo advertir enseguida en el recién llegado unas cejas bien depiladas sobre unos párpados sombreados y algún que otro afeite en el cutis, además de mostrar unas manos de manicura, bien cuidadas, en cuyo meñique de la izquierda, lucía una delicada sortija de oro de bastantes quilates.

Casi al mismo tiempo regresaba el siempre iluminado barman con la cerveza fresca que le había solicitado momentos antes el joven. Dirigiéndose ahora al recién llegado preguntó amablemente:

– ¿Lo de siempre, señor?

– Lo de siempre, Eduardo -solicitó con cierta confianza el hombre maduro-

Al poco, Eduardo volvió a hacer acto de presencia con un Daiquiri depositándolo cuidadosamente ante el cliente.

Antes de que el recién llegado tomara el primer sorbo de su Daiquiri se volvió bruscamente hacía el joven que permanecía a su lado para, con una indiscreción que iba mucho más lejos que la simple curiosidad, preguntarle:

– ¿Con qué se gana usted la vida, joven?

– Por el simple hecho de haber nacido ya me he ganado la vida, ¿no le parece? -inquirió el joven con una cierta sorna no exenta de razón tras un trago de cerveza-

– Me refiero a qué se dedica usted, -rectificó de inmediato el caballero mientras a la vez que ingería un sorbo del coctel, se miraba ausente la sortija del meñique-

– Soy delincuente común: hurtos, robos con violencia y a mano armada, extorsión, desvalijamientos; ya sabe, lo de siempre, ese tipo de cosas, -contestó el interpelado con una cierta seguridad en sí mismo que sin embargo no logró intimidar lo más mínimo a su elegante interlocutor-

– Y usted, ¿en que se la gana? -preguntó a su vez el delincuente, mientras apuraba el resto de cerveza, enarcando las cejas para atrapar la respuesta-

– Afortunadamente, jamás he tenido que ganarme la vida. Vivo de rentas y eso facilita mucho las cosas, -confesó el rentista sin ningún atisbo de preocupación por su futuro-

– Pues le voy a dar la oportunidad de que por primera vez se la gane, -contestó el joven apoyando el cañón del revolver por encima de la cadera de su vecino a la vez que le exigía la abultada cartera que se insinuaba todo el rato bajo la solapa izquierda de la elegante americana de Armani

Con la sangre fría de los que no tienen mucho que perder, la víctima le solicitó, sobre todo, discreción, depositando la cartera con mucho disimulo y suma prudencia en el regazo del joven. Éste se apresuró de inmediato a extraer de ella los aproximadamente dos mil euros en billetes usados de cien, cincuenta y veinte euros y le devolvió el resto, incluidas las tarjetas de crédito.

Antes de que el delincuente se hubiera apeado del taburete, el hombre mayor aún tuvo el arrojo de hacerle una última pregunta.

– ¿Cómo se llama usted, joven? -dirigiéndose a él con una cierto paternalismo-

-Aunque le cueste mucho creerlo, me llamo Pablo Casado, -respondió el muchacho en voz muy baja-

– ¿Y usted, caballero? -inquirió el delincuente con suma delicadeza-

– Aunque también te cueste creerlo, mi verdadero nombre es José Manuel Villarejo.

Acto seguido y después de una palmadita amistosa en la espalda de Villarejo, Pablo Casado saldría precipitadamente del elegante local.

zoilolobo@gmail.com

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