Altas temperaturas

Foto: Unidad Militar de Emergencias./@UMEgob

Suerte que, prácticamente, ya no se escribe sobre papel y tampoco con tinta porque el calor resulta tan agobiante que, aunque las gotas de sudor salpican el teclado del ordenador, en lugar de que la tinta se diluya sobre una cuartilla blanca, el texto continúa completamente seco en la pantalla. Y suerte también de disponer de ordenador en un verano como el que ha empezado, concretamente en Cataluña, mientras en Tarragona, miles de hectáreas han sido ya arrasadas por el fuego, según dicen, debido a las altas temperaturas y al viento reinante, aunque muchos se aventuran a opinar que el calor en sí mismo no tiene por qué provocar necesariamente un incendio en el bosque sin que medie la voluntad y la mano del hombre.

Un amigo al que hace ya mucho tiempo que no veo pero a quién recuerdo perfectamente, entre otras muchas cosas, por su increíble paciencia y contumaz voluntad, se propuso un buen día demostrarnos a todos nosotros que el simple cristal de una botella rota, por ejemplo, no era elemento suficiente como para provocar un incendio en el bosque, por mucho que, por aquel entonces, la gente en general sí lo creyera.

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En uno de los veranos más calurosos que se hayan conocido hasta hoy, Paquito, partió de acampada al atardecer, hizo noche en la parte menos verde del bosque y bien temprano, al amanecer, colocó y esparció sobre las hierbas más secas que encontró próximas a su tienda, los trozos de cristal de la botella rota que a tal efecto había transportado hasta aquel lugar apartado.

Protegido en la sombra que le dispensaba su triste tienda, Paquito, con una mochila de diez litros de las de fumigar llena de agua a la espalda y que se había traído en previsión, se pasaría todo el resto del día sin quitarle el ojo de encima a aquellos desperdigados trozos de cristal que brillaban bajo la luz cegadora de un sol de justicia a una temperatura superior a los cuarenta grados sin que nada de todo aquello de lo que la mayoría de la gente creía llegara a producirse.

Llegadas las nueve de la noche, hora de desmontar el campamento y dar por terminado tan sencillo pero tedioso experimento, Paquito abandonaría el lugar no sin antes, por si acaso, retirar de sobre los secos hierbajos, los cristales esparcidos por la mañana temprano y, con la misma, regresar lentamente a casa exultante por el éxito obtenido.

zoilolobo@gmail.com

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