Reclusión mayor obligatoria

Ya queda menos para poder pasear nuevamente por nuestras plazas./ Vista parcial Barcelona.

El confinamiento al que como todos estoy siendo sometido, está haciendo mella en mí ya deteriorada capacidad de voluntad. No precisamente por estar privado de esa libertad de movimientos al aire libre que tanto echamos de menos, como un lento paseo o solazarnos tumbados en un banco frente al mar, sino porque no se atisba por el momento un mínimo de retroceso en la progresión al alza del maligno coronavirus y eso, se quiera o no, anula de por sí todas las esperanzas puestas en una solución drástica a corto plazo que nos permita volver a tomar el aire el mayor tiempo posible fuera de casa.

Curiosamente me he despertado hoy sin saber que era lunes y he tenido a mal lamentar que ayer no recordara que era domingo y haber perdido la única excusa y oportunidad que tengo, no sólo de haberme sentido en la obligación de salir como cada día a pasear al perro, sino a la ineludible costumbre de hacerlo para comprar el periódico y mantenerme debidamente informado de la manera que más me gusta: leyendo.

De manera que hoy, en lugar de leer la prensa como cada lunes, me he tomado la libertad de colgar en Facebook, tal y como he venido haciendo a lo largo de todos estos días de reclusión mayor obligatoria indefinida, un generoso cúmulo de fotografías de la década de los años setenta del siglo veinte, deseando que mis contemporáneos no traten de olvidar que también hemos sido testigos de tiempos mejores. Tiempos en los que a pesar del blanco y negro fueron mucho más luminosos que los que, desgraciadamente, ahora estamos soportando; sin la oportunidad de contemplar aquel cielo azul de entonces ni oír el rumor del mar como presagio de un verano que se avecina tan lentamente y del que apenas sí tendremos tiempo de disfrutar con suficiente estímulo.

¿Pesimista? Pues, sí. En la misma medida en que supongo lo son también muchos aquellos de los que como yo nacieron demasiado pronto para ahora tener que enfrentarse con tan pocas garantías y sin riesgo alguno a un virus que se ensaña principalmente con los mayores de setenta años. ¿Qué culpa o que delito habremos cometido para caer víctimas del covid-19?

Si el covid-19 se cree merecedor de representar a la Justicia que se abate ahora sobre todos nosotros, no deberíamos olvidar a nuestro insigne dramaturgo Calderón de la Barca, cuando en La vida es sueño, el personaje de Segismundo se lamenta con éste magnífico soliloquio de este modo:

¡Ay mísero de mí, y ay infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo. Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido; bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido.

Ni mucho menos pretendo escampar el pánico que produce la remota idea de no poder encontrar una rápida solución a este angustioso problema todavía por resolver y que tantas vidas lleva ya cobradas hasta hoy. Lo único que pretendo es armarme del valor suficiente que me permita no morir de forma tan estúpida entre cuatro paredes, sin más horizonte que la remota esperanza depositada en alguien que encuentre un antídoto eficaz para salvarnos la vida. En definitiva: me agobia tener la vida en manos de terceros.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

2 Comments

  • «La realidad siempre supera la ficción» y realmente estamos viviendo una pesadilla nunca imaginada.
    Atención a cuando tengamos que ir a votar, los que queden/mos…., recordemos los recortes en sanidad, las privatizaciones, las comisiones…, los supervivientes nos enfrentaremos a una crisis economica mucho mayor que la del 2007 y ahí estarán los de siempre, aprovechándose de la debilidad del prójimo….
    Por cierto, los menores de 70 tambien estamos preocupados.
    Salud y suerte !!

  • Por cierto, qué preciosa pintura acompaña al escrito de Zoilo, de la que, como se vé, también es autor. Sin duda, un hombre del Renacimiento !!

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