Alegorías franquistas

El monumento de los Caídos guardaba para mí un gran misterio

Alameda del Duque de Santa Elena, Avenida de Anaga y Muelle de Ribera de Santa Cruz de Tenerife.Año 1962./FEDAC

Muy lejos quedan hoy aquellos encuentros que tenían lugar entre niños y adolescentes, respectivamente, en un punto muy concreto de Santa Cruz antes de asistir a las sesiones de matiné (cuatro de la tarde) y, ya de adultos, a las de las seis de alguno de los muchos cines que por los años cincuenta del siglo pasado existían en Santa Cruz. Me estoy refiriendo a un punto muy concreto de encuentro: la Plaza de España, junto al monumento de los Caídos. Bien es verdad que en ese exclusivo lugar no lo hacían todos porque también existían otros igual de significativos como la Plaza de los Patos o el Parque García Sanabria, llamado popularmente “prosparque”. Pero estos otros eran más característicos de los santacruceros. Los de La Cuesta, como era mi caso, aprovechábamos el domingo para bajar a Santa Cruz, sobre todo cuando nos habíamos enterado por la radio, -en su sección de movimiento portuario-, de que el buque Santa María  o el Veracruz, (ambos gemelos) antes de hacer su próxima escala en La Guaira,  rumbo a Venezuela, se encontraba atracado en el muelle Sur. Desde la Plaza de España partíamos caminando hacia el rompeolas y paseando por su parte superior, una vez rebasada la Marquesina, llegábamos hasta la altura de atraque del majestuoso trasatlántico, siempre de color blanco, para observarlo en toda su dimensión y en todo su esplendor. El itinerario de vuelta hasta la Plaza de La Paz lo hacíamos del mismo modo: caminando o, mejor dicho, paseando.

De regreso, accedíamos de nuevo por la Plaza de España, luego por la de La Candelaria, subíamos calle del Castillo arriba, evitando el tranvía, dejábamos atrás la Plaza de Weyler y continuábamos la Rambla Pulido hasta alcanzar finalmente la Plaza de La Paz. Nos abastecíamos de cotufas despachadas por señoritas con cofia en sus cabinas o, cuando no, de caramelos toffe en cualquiera de los muchos carritos asentados en las Ramblas para elegir luego una película de las muchas que programaban en aquel sector cines como el Víctor, el Cine La Paz, el teatro Baudet o el Parque Recreativo y si no eran del todo de nuestro gusto, teníamos la opción última, algo más lejos, en la calle Méndez Núñez, de hacerlo en el elegante Cine Rex.

El monumento de los Caídos guardaba para mí un gran misterio, porque hasta entonces nunca pensé que alguien pudiera caer por la Patria porque, para mí, se trataba sólo de un eufemismo que yo entonces desconocía por completo. Morir por la Patria era exactamente lo que siendo niño logré escuchar en La Cuesta de boca de unos militares en unos cuarteles próximos. Llegué a pensar entonces que el Todo por la Patria, incluía también el morir por ella. Sea como fuere, tampoco en el Colegio San Fernando de La Cuesta, me enseñaron a distinguir esas alegorías que se suponían se manifestaban en el misterioso monumento: mujer madura que sostiene el cuerpo inerte de un caído, mujer alada representando La Victoria sobre una barca y, sobre todo, aquellos dos impresionantes gigantes apoyados indistintamente en una descomunal espada que según supe más tarde representaban los valores cívicos y militares, respectivamente. Busqué entonces el consejo y la opinión que le merecían a mi padre aquellas pétreas interpretaciones pero, el hombre, no quiso hablar de eso en absoluto; ya lo entenderás cuando seas mayor, -se limitó a decir-.

Y aún hoy, sigo sin entenderlo. Por mucho que se hable y se diga sobre la llamada Memoria Histórica en nuestro país mientras Franco continúa enterrado en el Valle de los también Caídos y mientras continúe existiendo, para colmo, en la isla que me vio nacer, un monumento de tan pesada alegoría militar y de tan colosales características, típico de la dictadura franquista de una época para olvidar y con las peores influencias de la arquitectura fascista italo-germana.

zoilolobo@gmail.com

2 Comments

  • Fantàstico relato, muy «feliniano» y en algunos aspectos tàn actual !!. Saludos

  • Titularé mi comentario “Lo bueno y lo malo”.
    El relato que hace el señor Zoilo me retrotrae a mi infancia en plena dictadura franquista. Los mismos lugares que recorrió también fueron mi tónica habitual.
    No me gusta la dictadura pero he de reconocer que mi infancia y juventud transcurrieron dentro de la más absoluta normalidad, aún si estar en el colegio militar de La Cuesta, yo era más humilde.
    Me parece un despropósito meterse con el arte, ya sea de connotaciones fascista o de otro tipo. Me gusta la fuente del final de las ramblas de Santa Cruz y no por lo que las mentes frágiles quieren ver en él.
    Me gusta la Plaza de España y las enormes estatuas que hay allí. ¿También hay que dinamitar los pantanos, trenes e infraestructuras franquistas?… ¿estamos loco o qué?
    Por la misma regla de tres de los nuevos socialistoides y podemitoides, se debería de habilitar con un bikini a la Maja Desnuda de Goya o tapar las vergüenzas del David de Miguel Ángel o derribar todos los monumentos románicos, a fin de cuentas fueron unos invasores.
    En España (E-S-P-A-Ñ-A, que algunos se ronchan con este nombre) hubo una guerra fraticida que la provocó un iluminado y que por ejemplo provocó desmanes de un lado y otro. Sin ir más lejos la parroquia del Salvador de la Matanza fue Construida en el siglo XX y ocupa el lugar en el que se encontraba otro templo más antiguo que fue incendiado en julio de 1936 por un grupo de anarquistas.
    ¿Nos comportamos como lo que somos o como caballeros?
    Creo que lo mejor que se puede hacer con la Memoria histérica de los sociatas es escribirla con luz y taquígrafos para que de una vez por todas, todos descansemos.
    Y a Franco, que lo saquen del Valle de los Caídos, si quieren. Que hay más colores y opiniones que las del si o el no.

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