Delincuencia senil

Las estrategias de partido deberían ser consecuentes

A veces me pregunto: ¿Qué garantías ofrece cualquier partido político a sus candidatos para que estos consigan actuar de manera realmente honesta  en el total desempeño de sus funciones una vez que, en virtud de unas elecciones democráticas, hayan alcanzado sus correspondientes escaños  tanto en el Parlamento como en el Senado? ¿Hasta qué punto las llamadas estrategias de Partido no interfieren en la supuesta honestidad de diputados y senadores en el acontecer de las políticas de estado y, por consiguiente, en beneficio o perjuicio de sus miles de militantes?

Las estrategias de partido deberían, a mi juicio, ser consecuentes no sólo con la integridad moral del propio partido sino, además, con su filosofía de acción en el desempeño de las funciones propias en un estado de derecho, sin menoscabo en el ejercicio de la democracia conquistada en este país desde hace ya casi treinta años.

¿Cómo es posible que la justicia, en tantas ocasiones, se vea  totalmente incapaz de poder imputar, aún con pruebas fehacientes, a todos aquellos políticos de tantos otros partidos que por su deshonesto y taimado afán de lucro, valiéndose todos ellos de la información privilegiada que les proporciona, precisamente, su condición de diputados, senadores, presidentes de comunidad, alcaldes, etc., se han enriquecido ilícitamente, durante años, a costa del Erario Público?

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Me atrevería entonces  a especular con la remota posibilidad, -no tanto de tomarme la justicia por mi mano-, como del hecho en sí de intentar cobrarme personalmente los -¿miles?- de euros que por culpa de la insaciable sed de lucro de ciertos políticos me ha correspondido pagar de mi peculio personal para contribuir al saneamiento económico de bancos, empresas, financiaciones, privatizaciones, etc., y, por ende, de las propias arcas del estado.

Aquellos que aún continúan en libertad porque algún que otro fiscal ha decidido protegerles todavía de las acusaciones particulares demostradas que se han venido practicando en su contra, podrían encontrarse con la muy seria dificultad de verse afectados por mi peculiar presencia acosadora e intimidatoria en el derecho de reclamar lo que en proporción me pertenece o lo que, en realidad, me corresponde y, en consecuencia, exigirles sin temor alguno a posibles represalias, bajo coacción si fuera necesario, el pago íntegro de lo que creo que el Estado me adeuda en concepto de indemnización. Para ello tengo previsto un curioso y divertido plan de acción que sería llevado a cabo de inmediato por un grupo de jubilados afectados que, como yo mismo, estaríamos dispuestos a organizarnos bajo el curioso nombre de delincuencia senil y operar según los mismos criterios que indujeron a tales políticos a lucrarse impunemente. La gran diferencia entre ellos y nosotros estriba en que nosotros sólo queremos lo que es del César. A Dios, lo que es de Dios.

zoilolobo@gmail.com 

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