La Arcadia

La vida en la Arcadia sólo dura un mes o quince días en algunos casos

Arcadia según el pintor Friedrich August von Kaulbach, país imaginario creado y descrito por artistas donde reina la felicidad.

Se retira el verano y con él también lo hace la inmortalidad que muchos pretendían disfrutar durante sus vacaciones y que permitía que nos atiborráramos de todo aquello que los locales comerciales, desde hoteles, restaurantes y bares hasta tiendas de modas, joyerías, etc., nos exigían consumir, preferentemente, durante los meses de estío.

Los dioses nos han ofrecido, como cada año, un trocito de felicidad empaquetada que siempre despierta nuestra modesta curiosidad pero que sin embargo, no habremos sabido racionar a tiempo ni con suficiente precaución porque en el fondo de nuestras conciencias todos sabemos que aquella inmortalidad que los dioses en su momento nos otorgaron y de la que hemos disfrutado durante las vacaciones no ha sido del todo cierta y que tarde o temprano habremos de dar cuenta de nuestro compromiso con la vida y rendir con la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

La vida en la Arcadia sólo dura un mes o quince días en algunos casos, pero al final los botones del hotel nos expulsan inmisericordes de allí, sin saber siquiera si el próximo año aquellos dioses que en 2019 fueron tan benevolentes con todos nosotros volverán a premiarnos con una estancia a pensión completa, a media pensión o a habitación y desayuno donde ya habíamos sido completamente felices el año anterior.

De regreso a casa, todos y cada uno de los ya ex veraneantes se sentarán al anochecer frente al televisor para intentar predecir, con apoyo de los informativos en los telediarios cuando, por fin, se configurará un gobierno en nuestro país que nos permita, una vez formado, garantizarnos unas vacaciones tan felices como las del año anterior. Un gobierno que no nos proporcione sobresaltos tan violentos que aquellos dioses que también velan por la patronal se sientan obligados a retirarnos a todos y cada uno de nosotros la inestimada protección de la que habíamos venido disfrutando durante las pasadas vacaciones.

Atrás habremos dejado nuestro metrito cuadrado de playa y otro metro cúbico de mar, las doradas paellas siempre circulares, la jarra de sangría fresca, los cucuruchos de helados de nuestros hijos, las cervecitas también frescas y doradas al atardecer durante el ocaso y nuestros profundos sueños bajo el aire acondicionado de la habitación del hotel donde siempre fuimos felices hasta hoy.

zoilolobo@gmail.com

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