Santa Klaus y Belén

Papá Noel habría abandonado su trineo en territorio francés con la única intención de atravesar los Pirineos a pie.

Sin no pareciera imposible, -se dijo Santa Klaus-, se podría imaginar que la difícil situación política y territorial entre Cataluña y el resto de España tendría muy fácil arreglo si de mí dependiera.

Papá Noel habría abandonado su trineo en territorio francés con la única intención de atravesar los Pirineos a pie y con mucha cautela aproximarse por tierra hasta Cataluña con la siempre buena intención de tratar de estudiar, si no remediar, in situ la inestable situación política que vivía la Generalitat desde aquel 1º de Octubre de 2017.  Entrar de esa guisa, con lo que está cayendo en el condado, sin duda revestía un considerable peligro imposible de ocultar, habida cuenta del recelo que despertaría el color rojo que su vestimenta representaba, frontalmente enfrentado siempre al simbolismo amarillo con el que los catalanes se han venido prodigando a lo largo de su fracasada declaración de independencia.

La suerte quiso que al amparo de la noche, una vez ya en Cataluña, pasara completamente desapercibido. Oculto tras un vetusto roble, frente a la casa cuyo interior permanecía aún iluminado, esperó el momento oportuno en el que la familia que la ocupaba abandonara la vivienda para asistir, como es costumbre cada 24 de diciembre, a la Misa del Gallo.

El interior de la casa obscureció de pronto y después de cerrar la puerta con llave, el matrimonio joven y sus dos hijos se perdieron en la fría profundidad de la noche camino de la Iglesia mientras entonaban un alegre y popular villancico.

A través de una ventana mal cerrada, Santa Claus pudo acceder entonces a la vivienda sin ser visto. A tientas se desplazó furtivo hasta el comedor donde un Belén débilmente iluminado y totalmente inanimado reposaba silencioso en un rincón de la confortable y cálida estancia, justo en el lugar donde el intruso creía haber podido encontrar, como es habitual en otras muchas latitudes, un esbelto y elegante abeto engalanado en su honor y bajo cuyas espesas ramas reposarían cajas de regalos de vistosos colores y distintos tamaños traídas precisamente por él desde la misma y lejana Laponia.

Con la ausencia del abeto, su amarga decepción desembocó entonces en insólita cólera. Aproximándose al Belén, valiéndose de su soberbia mano enguantada de piel de reno,  de un violento movimiento semicircular, terminaría por arrasar toda la superficie del valle de Hebrón  hasta el mismo límite de los montes de cartón de Judea que se apoyaban erguidos contra la robusta pared del comedor. Todos sus habitantes así como la mayoría de sus animales fueron sorprendidos por la furia en plena oscuridad y a traición mientras descansaban y precipitándose al suelo, muchos de los que no resultaron despiadadamente decapitados, quebraron para siempre sus delicadas extremidades de yeso.

Luego, Santa Claus, resignado, abandonaría para siempre aquel lugar a pie y en silencio.

zoilolobo@gmail.com

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