Cosas de familia

Durante nuestras últimas vacaciones tuve ocasión de conocer, casi por casualidad, a un lejano sobrino mío del que me ahorro más explicaciones porque, casualmente, y pese a su juventud, me sorprendió la jactancia con la que presumía de estar debidamente informado a través de las redes sociales y en función de las cuales se permitía la osadía de advertirme, cuando no aconsejarme, de que en ningún caso intentara pedirle peras al horno.

– Sabía de tu afición por la cocina, pero no que llegaras hasta ese extremo, -le contesté.

– ¡No, tío! ¡No! Se trata simplemente de una metáfora que a mí me ha dado muy buen resultado y que te recomiendo.

Lo que mi sobrino en realidad ignoraba es qué si de vez en cuando nos detuviéramos un instante en mirar hacia lo alto, comprobaríamos, no sin asombro, como los viejos olmos son capaces de dar a menudo hermosas y delicadas peras doradas como la que él estaba ofreciéndome cómo recomendación; pero resultó inútil: era como pedir peras al olmo.

El verano nos puso también en contacto con una tía abuela de mi compañera a la que espontáneamente invitamos a merendar en un lugar próximo a casa. Tomamos unos cafés con leche con churros cuyo importe fue de nueve euros con sesenta y cinco céntimos. La octogenaria señora se empeñó en pagar, pero se negaba rotundamente a dejar de propina los treinta y cinco céntimos que sobraban pese al excelente servicio mostrado por el camarero. Como quiera que casualmente, en ese momento yo me había encontrado un euro bajo la mesa, le propuse entonces que la obsequiaría con la moneda si dejaba los treinta y cinco céntimos en el platillo a lo que la señora confesó que el euro también le pertenecía pues se le había caído con anterioridad.

– ¿Por qué no lo ha dicho usted antes? -le pregunté con suma cortesía

– Porque pensé que la moneda se la había tragado el perro, -contestó de mala manera

– Pues, con mayor razón si cabe, – le dije sonriendo-, aunque dudo de que Patxi, que así se llama nuestro perro y que hasta entonces había permanecido en silencio bajo la mesa, pudiera haber estado interesado en comer ningún tipo de metales de esas características. De manera que la señora H se quedó definitivamente con el euro y el camarero, además, sin propina.

Mi compañera y yo hemos llegado a una primera conclusión al respecto. Y es que, entre otras cosas, la señora H no nos habría advertido de la sospecha que pesaba sobre el pobre Patxi para que en caso de haber ocurrido lo peor, según manifestaría luego, no la hubiéramos podido culpar del posible malestar del perro por la ingestión del euro.

La segunda conclusión en la que estuvimos también de acuerdo es que alguien que no fuera ella pudiera haberse encontrado ante sus propias narices un euro del que estamos seguro que no perdió y que tampoco le pertenecía. Y no lo reclamó antes haciéndonos creer como excusa la osadía del pequeño Patxi.

Por lo demás, me llevo de forma excelente con todos mis cuñados.

zoilolobo@gmail.com

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