Democracia

Foto: Congreso de los Diputados.

La distancia que aún le queda por salvar a nuestra todavía paupérrima democracia con respecto a muchos de los distintos países que componen la Unión Europa de hoy, resulta abismal. Hay quienes afirman que aún es muy joven y que por lo tanto necesita consolidarse del todo para alcanzar la categoría y eficacia de la que presumen muchos otros países de nuestro entorno pero ¿Cuánto habremos de esperar para que esto ocurra?; pues, ni se sabe.

Lo que sí se sabe es que la mejor manera de asegurarse un buen sueldo que garantice tu existencia es dedicándote a la política. Sea en posesión o no de títulos o másteres falsos. Y tampoco resulta necesario hacerlo por entero sino, incluso, a tiempo parcial porque el escaño lo tienes asegurado prácticamente de por vida. Bien es verdad que no se trata de la mayoría pero por poner un ejemplo, tanto Abascal como Casado, al parecer, no han conocido jamás ninguna otra clase de empleo que no sea en la administración del estado pero, lo peor de todo, es que para llevar tanto tiempo dedicándose a ello aún no han conseguido alcanzar unos mínimos de democratización exigibles en beneficio del conjunto de la sociedad a la que representan.

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Desde el comienzo de nuestra tan celebrada Constitución en 1978, al resto de ciudadanos de este país que jamás ha pertenecido a esa élite política o “casta”, a la que un buen día definió Podemos, se les está privando de aquellos derechos de los que ya presume la clase trabajadora de otros muchos países como Holanda, Alemania, Inglaterra, etc. desde hace tantos años.

A nuestra clase trabajadora se le ha ido alimentando de forma paulatina sólo de los pétalos de esa magnífica flor en que parecía consistir la democracia, mientras del néctar que guardaba la vistosa corola sólo iban aprovechándose ciertas élites de la política, la banca, las grandes empresas y multinacionales, en perjuicio de aquellos otros que sólo trabajaban en favor del sistema. De modo y manera que aunque los zánganos constituyan un mal necesario para este sistema, no habrá que dejarlos a su libre albedrío ni tampoco perderlos de vista, en previsión de  tratar de conseguir, por lo menos, consolidar lo poco que hasta ahora se ha logrado en materia de ventajas sociales y estado de bienestar para los más necesitados, que son muchos.  

Por ello se deduce que, dependiendo del resultado obtenido en las próximas elecciones, los pactos podrían ser muy temibles por cuanto el valor que éstos alcanzarían en relación al interés mostrado por los partidos políticos en lograr hacerse con el poder a toda costa, figuraría no ser muy convenientes ni ventajosos para el provecho en particular de esa clase trabajadora a la que antes aludía y en consecuencia para el resultado de la consolidación definitiva y deseada de la propia democracia.

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