Desastres naturales

Foto Archivo: Unidad Militar de Emergencias./@UMEgob

Trato de hacer memoria y, por lo que yo recuerdo, nunca Canarias y en particular Tenerife había vivido un cúmulo de desórdenes atmosféricos tan violentos de calima, viento y fuego que pudiera haber provocado tanto miedo y la gran angustia que estos días están viviendo los isleños de aquellas latitudes del Atlántico. Bien es verdad que cuando alguna vez se dieron dos de esas condiciones que he mencionado antes, calima y viento, sufríamos además alguna que otra plaga de langostas que, como de costumbre, provenía de África, atravesando por aire la franja de océano que media entre el continente y el archipiélago, terminando por arruinar, entre otros muchos cultivos, toda la cosecha de maíz a punto de recolectar. Para entonces, las dos veces que de la invasión recuerdo de mi tierna infancia, las clases incluso se suspendían para que los niños asistiéramos, por lo menos en La Cuesta, a los sembrados más próximos a auxiliar a los agricultores, tratando de espantar a las langostas haciendo sonar cacharros y cacerolas percutidas con un palo. Resultaba divertido pero tal propósito no conducía a nada, era completamente estéril dada la tenacidad de los ortópteros. Al cabo de unas horas, la desolación se había ya extendido por los campos adyacentes, diezmados por la voracidad de los insectos. Sólo quedaban los tallos verticales y desnudos del maíz y los individuos, presos todavía del hambre, continuaban colisionando contra los cristales de las ventanas, cayendo extenuados sobre los alféizares. Para la curiosidad infantil, resultaban enormes, unos diez o doce centímetros de largas y su color rosáceo nos sorprendía de tal manera que, en ocasiones, nos hacíamos con una pareja de ellas y atravesándoles el cuello con un alfiler, juntas las hacíamos tirar como castigo de una cajita de cerillas llena de piedrecitas.

Viviendo aún en la Cuesta y cuando todavía yo no había visitado el Valle de la Orotava, un fuerte viento huracanado, por lo que entonces me contaron, habría también sembrado el pánico entre los cultivadores de plátanos. El vendaval había sido tan poderoso que, a pesar de los tirantes metálicos que sujetaban las plataneras, todas se vinieron abajo, arrancadas de su base y esparcidas sobre el terreno a lo largo y ancho del valle, hasta poco menos que el Puerto de la Cruz.

Y llegados hasta aquí tengo que poner en duda la curiosa anécdota que por entonces además de por simpática me contaron sobre aquella terrible catástrofe, pero que pone de manifiesto el desconocimiento y poco interés que los responsables políticos del general Franco poseían entonces no sólo sobre Canarias en general, sino sobre algunos de sus cultivos en particular. Al parecer, el ministro a la sazón de agricultura, cuyo nombre no quisieron revelarme en su día para no dejarlo aún más en ridículo si cabe, fue llevado hasta un mirador de la parte alta de la Orotava para que con sus propios ojos presenciara las dimensiones que había adquirido aquel desastre agropecuario que se extendía prácticamente hasta el mar.

Al final de su detenida observación, girándose luego hacia los representantes de la comitiva política canaria, exclamó:

-Bueno, afortunadamente no está todo perdido, aún se podrá aprovechar la madera.

Espero que está vez, su sucesor no incurra en lo mismo.

zoilolobo@gmail.com

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