Feliz 2020

Me iré a la cama con mi pijama de felpa gris con florecillas

Uno de los motivos más determinantes que me obligan a intentar rechazar hoy algunos espacios televisivos de las distintas cadenas, es la profusión de acontecimientos que han tenido lugar a lo largo del año y que desfilan por la pantalla por orden estrictamente cronológico, abusando de nuestra maldita paciencia, para ponernos de nuevo en antecedentes no sólo de la gravedad de los hechos luctuosos que hemos padecido a lo largo de 2019, tales como tragedias, tsunamis, desbordamiento de ríos, lluvias torrenciales, terremotos, guerras fuera de nuestras fronteras, etc. sino, además, de aquellos otros de características sociales generalmente asociadas a la jet set, (bodas, bautizos divorcios, óbitos, etc.), al famoseo en general y a políticos en particular tanto nacionales como extranjeros, olvidándose por completo de los estrictamente personales que a muchos de nosotros, entre el ajetreo al que nos conmina el discurrir de la tragedia diaria a fuerza de simplemente vivir, nos arroja en brazos de la mala suerte cotidiana. Me refiero al sufrimiento que produce dejarte las llaves de casa en el interior de la vivienda, agotarse la batería del coche porque la noche anterior te dejaste las luces encendidas, perder la cartera con el carnet de conducir e identidad en el interior, además de la tarjeta de crédito, el atropello de un patinete cuando paseas tranquilamente por la acera de tu barrio, el robo del móvil en un descuido que no habías previsto o que tu mujer te abandone por alguien que no te llega ni a la suela de los zapatos, etc.

Por tanto y a pesar de que la televisión se haya convertido en nuestra ventana indiscreta al resto del mundo, esta noche tendremos también que soportar el brillo plateado de cientos de lentejuelas en ellas y de capas españolas en ellos, cuando por millonésima vez, muertos de frío en un balcón próximo al reloj de la Puerta del Sol, nos recuerden como cada año aquello de los cuartos y el onomatopéyico ding-dong de las campanadas que anuncian el nacimiento del nuevo año según el calendario gregoriano.

Para colmo, unos minutos antes de que suenen las doce campanadas que anunciarán el principio de ese nuevo año, alguien muy próximo a uno te convencerá para que te atragantes, como manda la tradición, con cualquiera de las doce uvas que has de engullir precipitadamente, en beneficio de tu suerte, con cada uno de los tañidos emitidos por el reloj de la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol de Madrid. Las parejitas se arrojarán unos en brazos de otras o viceversa, otros en brazos de otros u otras en brazos de otras, tratando de ocultar hasta el último momento el color rojo de la ropa interior de lencería fina con la que sorprenderán a su cónyuge cuando llegue la ocasión, en virtud de una tradición también venida de lejos y que se habría colado en nuestros hogares por esa ventana indiscreta que es la televisión y que ya he citado al principio.

Así las cosas, es muy probable que, -después de engullir las doce uvas si es que no me atraganto-, nos vayamos en silencio a la cama sin otros adornos rojos que ponernos como no sean las florecillas bordadas sobre el pijama de felpa gris del que hacemos uso para las noches de frío como el que hoy azota el este peninsular.

zoilolobo@gmail.com

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.