Juventud, divino tesoro

En ocasiones, una conversación ajena a uno, como la que pude escuchar hace unos días, desprende de pronto, arrojado como al azar por parte de una de los contertulios, un acertado pensamiento en voz alta del que, hasta entonces, no habíamos reparado o escuchado nunca y que, como en este caso concreto, sonaba para mí como un canto sincero a la nostalgia de una juventud ya perdida y que me pareció aún mejor expresado que el consabido por todos como ¡Juventud, divino tesoro! y por lo que llamaría poderosamente mi atención.

Y la razón de mi modesta curiosidad estribaba en que quién hablaba vinculaba en su conversación la belleza con la noción de tiempo transcurrido, de tal manera que, a mí particularmente, nunca se me había ocurrido asociar hasta aquel preciso momento ambos conceptos y por los que ahora me encontraba vivamente interesado, tratándose como estamos de una estación en la que los cuerpos cobran por la acción del sol unas tonalidades que suele paliar, cuando no disimular, el paso implacable de ese tiempo del que siempre tratamos de arrepentirnos por no poderlo evitar.

En definitiva: lo que aquella señora acababa de pronunciar no sabría decir yo si con ello trataba de arrepentirse de uno sólo de los dos conceptos en cuestión, aunque yo no sabría decir de cual porque afirmaba lo siguiente:

“Antes, aparte de guapa, además era también joven. Ahora, desgraciadamente, sólo soy guapa”.

No sé por qué, de pronto acudió a mi memoria la magnífica novela de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray.

Y eso es lo que tiene el verano o, mejor dicho, las vacaciones de verano. Uno se siente inclinado a saber lo que piensan los demás cuando no hablan precisamente de política y por lo tanto quedamos sorprendidos de que algunos y algunas, dorados todos ellos por la acción de los ultravioletas, se sientan preocupados por el acontecer del tiempo que transcurre inmisericorde en nuestra contra y sin poder remediarlo, a pesar del gran avance de la cirugía estética en las últimas décadas.

Lo que nunca sabré, por no haberme atrevido a preguntarlo, es si la señora de la tertulia hubiera preferido haber sido fea y, sin embargo, eterna.

zoilolobo@gmail.com

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