Lotería y salud

Un presentimiento que en la noche se tradujo en un sueño, vaticinaba que me tocaría la lotería nacional si me aventuraba a jugar al número cuyos terminales fueran 83. En principio no di ningún crédito a algo que yo no había elegido racionalmente, pero a medida que pasaban los días no podía quitarme de la cabeza esas dos cifras que se habían acomodado en mi subconsciente sin ni siquiera pretenderlo y que terminarían por hacerme sentir en la imperiosa obligación de comprar un décimo en la administración de lotería más próxima. De modo que con el 27783 comprado ya en el bolsillo, tuve la modesta sensación de estar al amparo de una suerte que por no jugar nunca se me antojaba esta vez premonitoria.

En la mañana de hoy ya han extraído el premio gordo cuyo número se encuentra sensiblemente alejado de aquel otro del que me deparaba un sueño bastante distinto al que hizo popular al reverendo Martín Luther King por los derechos de los afroamericanos en EE.UU. Sin embargo, yo sí había previsto, -en el supuesto caso de que la suerte me hubiera sonreído, amparar a los más necesitados si el premio hubiera sido lo escandalosamente grande como para permitirme el lujo de prestar algunas ayudas de carácter social a aquellos que hoy carecen de lo imprescindible.

Aún quedan algunos otros premios por salir y albergo esa cálida esperanza de que todavía pueda satisfacer los compromisos que, con sumo gusto, he adquirido en favor no sólo propio, sino también de aquellos otros prendidos a mi propia conciencia benefactora. La suerte y el destino suelen ir siempre de la mano, pero en la mayoría de los casos nunca de la mano de Dios quién, al parecer, jamás se rige por esos designios que le atribuimos los humanos, porque su vasta misericordia se encuentra en realidad bastante alejada de la benefactora idea que muchos tenemos de su magnanimidad.

Yo ya he apagado la mía, pero la radio del vecino continúa todavía con el sonsonete salesiano inundando los patios de vecinos; como una premonición que augura un aumento discreto de nuevos ricos a los que la suerte en unos casos, o la mano de Dios en otros, han premiado y contribuido al gozo de unos pocos de un nuevo estado del bienestar que la clase política ha sido incapaz de procurar para peor fortuna de los más necesitados.

Siempre nos quedará la salud como consuelo de tanta mala suerte.

zoilolobo@gmail.com

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