Sol y sombras

No podría afirmar con seguridad si me preocupa más la situación política en Cataluña que el súbito incremento de las temperaturas en la mayor parte de la Península cuando el verano aún está todavía por llegar. Además de a una gran parte de la población -en el primero de los casos -la situación política en Cataluña preocupa mucho más a los sectores empresariales de la capital, que lo mucho que sube el mercurio en estos días de primavera. Que el Ayuntamiento de Barcelona acabe regido por un miembro de Esquerra Republicana como es el propio Maragall, pone nerviosos a miles de barceloneses que siempre han coincidido en presumir del carácter cosmopolita de su ciudad y que brilla por su ausencia en otras capitales de Cataluña, a pesar del record que ostenta la Costa Brava en afluencia turística masiva.

De cualquier manera, también resultaría muy frustrante que estas mareas tan altas de turistas en España no se desplazaran ahora para disfrutar, como lo hacían antaño, de las horas de sol que les garantiza nuestro país, sobre todo en verano, sino que lo hicieran para gozar de la sombra fresca que le ofrecen los bellos soportales de nuestras plazas, la que se goza en las anchas alamedas perfumadas, en los recoletos jardincitos de los barrios o en las terrazas cubiertas de muchos bares y restaurantes, dejando para todos los residentes sólo las grandes y calurosas superficies abrasadas por un sol de justicia y sin ninguna posibilidad de encontrar sitio en todos aquellos lugares que durante los meses de intensa canícula nos servían entonces de refugio.

No se sabe todavía el verdadero alcance que podría tener este verano en Barcelona el hecho de que, por vez primera, el Ayuntamiento estuviera regido por un alcalde independentista y que, por primera vez también, desde que Fraga anunciara aquello de “Espain is diferent”, los miles de turistas llegados de todos los confines de la tierra terminaran por arrebatarnos la poca sombra con la que cuenta hoy en día nuestro país, en detrimento de todos aquellos que como yo, y a partir de ahora, caigamos en la tentación, cuando no en la absoluta necesidad, de cubrirnos la cabeza con ridículos gorritos picudos de papel de periódico o con pañuelos blancos anudados por las cuatro esquinas como era tradición en aquella otra España bien soleada, inolvidable por sus carencias, por el estraperlo y, sobre todo, por la falta rotunda de libertad de prensa, de frigoríficos y aire acondicionado con el que paliar el sofocante calor que ya nos proporcionada la dictadura para mantener siempre viva la llama de una España Grande y Libre.

zoilolobo@gmail.com

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